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domingo, 7 de marzo de 2010

Turismo Vivencial.


 Un amigo  siempre se jactaba de conocer las mejores ciudades del extranjero,  sus atracciones turísticas y entre ellas  visitar  acuarios y  ver en vivo delfines, orcas, tiburones y peces.

Conocía Disneylandia,  había dado muchas vueltas  por Miami,  y el último de sus viajes estuvo en  Virginia.  Todo ello antes de partir a Europa, dar una vuelta por  Venecia y terminar visitando Portugal.
Es mi amigo y conozco de su carácter petulante y soberbio, nadie  puede decirle nada pues desde  el colegio, donde nos conocimos, siempre fue catalogado como  el hijo del diplomático, agregado  en diferentes embajadas del mundo por lo que   para él un vuelo en avión suponía casi  un modo de transporte habitual.

 Lo volví a encontrar  en una reunión de  reencuentro de promociones escolares,  nos saludamos mientras   comentaba  ante algunas señoritas sus travesías por  las diferentes capitales del mundo.
 Cuando su petulancia desbordaba ante quienes no  lo conocen y no tienen que soportarlo,   alguien optó por preguntar  ¿Y qué conoces del Perú?
El silencio fue  motivo de  un salud y seguir bebiendo,  porque mi estimado viajero internacional  nunca había pisado el interior del país.
Tal fue la casualidad del destino que  en la reunión  conoció a una linda Huancaína, la cual comentó de las bondades de su tierra y ello contribuyó a que días posteriores iniciáramos  la caravana rumbo a esta ciudad, entre otras del país.


Pero la experiencia sería más valorable  cuando nos propusieron realizar  turismo vivencial. Compartiendo  las mismas  actividades de sus pobladores, ir a conocer  comunidades campesinas, observar  sus métodos de trabajo y vida cotidiana, escucharlos, ver sus vestimentas,  chacchar la hoja de coca y probar sus comidas,  realizar pagos a la tierra, escuchar sus mitos y leyendas, mientras  la luna junto al sol acompañan nuestro día hasta  quedar dormidos con el sonido del espacio  pintado por estrellas que  más que brillar ,alumbran y acompañan nuestro sueño con sonidos únicos provistos por los Apus y doncellas disfrazadas de pajarillos y flores  que son veneradas  por el  tintineo de los animales nocturnos  quienes no permiten que el mundo  pare.
 Generando en nosotros  inspiraciones  y  limpieza de nuestras almas reposadas en una tierra que verdaderamente se llama madre naturaleza.
Cuando la ruta terminó no hubo duda para nadie que el Perú es una riqueza turística dispuesta a ser explotada y no hay nada mejor en el mundo según las palabras de mi amigo Alonso,  principal motivador de este relato.