Un amigo siempre se jactaba de conocer las mejores ciudades del extranjero, sus atracciones turísticas y entre ellas visitar acuarios y ver en vivo delfines, orcas, tiburones y peces.
Conocía Disneylandia, había dado muchas vueltas por Miami, y el último de sus viajes estuvo en Virginia. Todo ello antes de partir a Europa, dar una vuelta por Venecia y terminar visitando Portugal.
Es mi amigo y conozco de su carácter petulante y soberbio, nadie puede decirle nada pues desde el colegio, donde nos conocimos, siempre fue catalogado como el hijo del diplomático, agregado en diferentes embajadas del mundo por lo que para él un vuelo en avión suponía casi un modo de transporte habitual.
Lo volví a encontrar en una reunión de reencuentro de promociones escolares, nos saludamos mientras comentaba ante algunas señoritas sus travesías por las diferentes capitales del mundo.
Cuando su petulancia desbordaba ante quienes no lo conocen y no tienen que soportarlo, alguien optó por preguntar ¿Y qué conoces del Perú?
El silencio fue motivo de un salud y seguir bebiendo, porque mi estimado viajero internacional nunca había pisado el interior del país.
Tal fue la casualidad del destino que en la reunión conoció a una linda Huancaína, la cual comentó de las bondades de su tierra y ello contribuyó a que días posteriores iniciáramos la caravana rumbo a esta ciudad, entre otras del país.
Pero la experiencia sería más valorable cuando nos propusieron realizar turismo vivencial. Compartiendo las mismas actividades de sus pobladores, ir a conocer comunidades campesinas, observar sus métodos de trabajo y vida cotidiana, escucharlos, ver sus vestimentas, chacchar la hoja de coca y probar sus comidas, realizar pagos a la tierra, escuchar sus mitos y leyendas, mientras la luna junto al sol acompañan nuestro día hasta quedar dormidos con el sonido del espacio pintado por estrellas que más que brillar ,alumbran y acompañan nuestro sueño con sonidos únicos provistos por los Apus y doncellas disfrazadas de pajarillos y flores que son veneradas por el tintineo de los animales nocturnos quienes no permiten que el mundo pare.
Generando en nosotros inspiraciones y limpieza de nuestras almas reposadas en una tierra que verdaderamente se llama madre naturaleza.
Cuando la ruta terminó no hubo duda para nadie que el Perú es una riqueza turística dispuesta a ser explotada y no hay nada mejor en el mundo según las palabras de mi amigo Alonso, principal motivador de este relato.
